Leer

11 ago

Si me preguntan que me gustaría estar haciendo en estos momentos sería estar leyendo. Leer leer leer. Sumergirme en historias de otros, aprender cosas en la asimilación del paseo de los ojos por las palabras, deleitarme con la prosa de otros. No exagero si digo que la mayoría de las cosas que sé en mi vida (si no son todas) las sé porque las he leído.  Aprendí en el colegio porque me hacían leer. Logré entender las matemáticas porque me puse a leer el Baldor. Logré calmar mis tormentas personales al leer tormentas ajenas con finales felices. Aprendí a cocinar porque comencé a leer recetas. Aprendí a tener personalidad porque desde chica súper leer bien, y a esos siempre les hacían leer en voz alta, aunque no me gustara.

Leer. Un acto íntimo en mi pieza junto al calor de un momento solitario íntegro. Un instante social de compartir las palabras ajenas cuando se hace en voz alta. Una excusa de conversación cuando alguien más se ha sumergido en los mismos párrafos. ¿Es el momento favorito de todos mis consumos culturales? Puede que por su condición de primer amor, es muy probable que lo estime más que la música y mis otros gustos, no tanto en entusiasmo sino en cariño. Cariño cálido y agradecimiento sincero, especialmente en momentos donde la instrospección no es sólo un momento privilegiado, sino una necesidad sanadora. Leer es un placer, leer es un deber, leer es el verbo que mejor se une a mi verbo favorito: aprender.

Hincha-Pelotas (o defensa urgente a Tano Pasman y la puta que lo parió)

12 jul

Tengo que desahogarme de alguna forma y creo que el mejor lugar es por aquí: me indigna la fiebre de Tano Pasman, ese caballero padre de familia recitando insultos a diestra y siniestra en el partido donde su River Plate bajó a la división B del fútbol argentino y que ahora es estrella de YouTube. Y me indigna no porque no tenga humor y no me ría con el rosario de groserias (notables, como sólo un argentino puede) sino porque baja irremediablemente una paranoia: eso también me puede pasar a mi.

Porque claro, a todos les gusta el fútbol y gritamos y todo (y los que no, que se jodan) . Pero estas no son nada más que las reacciones que provoca un partido en donde está involucrado el corazón, donde el sufrimiento es proporcional a la satisfacción del gol y donde no sólo está en juego el gusto, sino también el ánimo, la biografía propia y la presión social. La que te hace llorar cuando el equipo pierde, la que te trauma con esos dolores futbolisticos que uno nunca perdona ni supera, o aquella que te hace blanco de todas las burlas posibles, antes en formato directo, hoy en una plataforma virtual. Y nos pasa a todos los que amamos el fútbol. Con distintos insultos, pero nos pasa a todos.

Te banco, Tano Pasman. Con esto de las cámaras en celulares uno ya está más vigilado que con el puto Gran Hermano, y lo que te pasó a ti nos puede suceder a cualquiera de los que “le ponemos color” en la pasión. Supongo que todos somos fenómenos de YouTube en potencia. Y por eso mi indignación. Te banco a ti, a tu padre que te hizo de River y a la puta que te parió. Jum!

MAT14S

8 jul

Tal como no hay que olvidarse de las canciones que te salvaron la vida, tampoco dejo de recordar a los futbolistas que me hicieron feliz cuando más lo necesitaba. Y claro, no sólo la música tiene ese efecto analgésico de dolores: el deporte rey también, y mi más fuerte relación con un jugador es con quien guardo los más intensos recuerdos: Matías Fernández.

Clásico que dicen que cuando uno es mujer los futbolistas gustan porque son guapos, tienen buenas piernas, son “minos”, cancheros, etc, y cuando muestro mi devoción hacia Matías Fernández suelen pensar que es porque estoy enamorada de él. Y si, lo estoy, pero no de forma carnal: es un amor intensamente futbolístico y tiene razón en lo mucho que me deslumbró cuando tuvo su gloria en mi amado Colo-Colo 2006.

Pero lo cierto es que estas obsesiones tienen también lugar en circunstancias propicias para ello, y el año 2006 derechamente fue el peor año de mi vida: no sólo no tuve éxito en ninguna de mis metas planteadas, sino que, por el contrario, no hice sino sumar fracasos, enfermedades y dolores que lo único que hacían era que deseara que terminara pronto esa mala racha. Sin embargo, esos días también eran los mejores días en mucho tiempo del equipo de mis amores, con una incombustible capacidad ganadora que los tenía de campeones nacionales y con una actuación que regaba ilusiones en la Copa Sudaméricana. En ambos campeonatos, “Mat14s” (en honor a la numeración de su camiseta) se lucía por su talento y especialmente su precisión para convertir tiros libres en goles seguros. No soy dada a admirar a los jugadores que se dan “lujitos” en las jugadas, pero Matías me superaba, era tal la seguridad que daba verlo y saber que todo lo que creaba iba a terminar en algo bueno, que simplemente disfrutaba verlo jugar sin mayor angustia. Y eso era un alivio.

Recuerdo que hubo días en que mi única felicidad del día eran sus goles. Saber que cobraban tiro libre y que lo más probable era que iba terminar en un gol glorioso que nos llevaría a la final de la Copa, era tener una luz de optimismo que era un tesoro entre tanto pesimismo. Cuando el gol era convertido, mi alegría era tan intensa como solo las cosas escasas pueden serlo. Entre todas las lágrimas que solía llorar, las que me brotaban cuando marcaba eran las más felices de todas y siento que eso se me quedó grabado en el amor de hincha-fan. A Matías (y a Colo Colo 2006) le debo mis mayores alegrías de ese puto año de mierda y mi agradecimiento por ello va a ser siempre infinito y sincero.

De ahí en adelante, sólo deseo lo mejor para su vida: recé esperanzada cada voto para que saliera elegido el Mejor de América y su premiación fue como un regalo de Navidad. Su partida me llenaba de orgullo, pero al no obtener los resultados que todo el mundo esperaba, seguí confiando y teniendo fe en él siempre. Incluso en el momento más amargo, cuando todo el mundo cuestionaba su titularidad en la Selección el año pasado, yo más que nunca lo defendía a donde fuera que hubiese que defenderlo. Matías suele ser el regalón de los entrenadores porque no sólo es talentoso: es aplicado y obediente, es un obrero del fútbol a las órdenes y servicio del equipo y no de su lucimiento. Además, es esmerado, excelente en pelotas detenidas y tiene buena recuperación, y por eso entrenadores como Bielsa y Borghi, pese a sus bajas momentáneas de rendimiento, han confiado siempre en él. Y eso suele ser inentendible en un mundo que suele adorar a los rebeldes y descarriados, no a los trabajadores.

Una vez, en el 2007, recuerdo que tuvo un Fotolog y que, con mucho esfuerzo (porque el libro de visitas se llenaba en menos de un minuto) logré postearle todo lo que significaba para mí, y apenas lo logré, me puse a llorar emocionada. Si lo veo, creo que pasaría lo mismo, porque nuevamente querría agradecerle. Ahora que estamos en Copa América y nuevamente se ha ganado el afecto de la hinchada general, mi devoción hacia el 14 se ha convertido casi en un símbolo mío, porque quienes me conocen me relacionan con él y se acuerdan de mí cuando escuchan alguna noticia. Todavía lloro de contenta cuando hace goles y cuando sé de alguna de sus alegrías, y me preocupo intensa y maternalmente cuando sé de sus complicaciones, lesiones o malos momentos. Es que sólo podría desearle lo mejor: Matías Fernández tiene ocupado mi corazón de hincha porque me hizo feliz en el momento adecuado, y eso, ya sabemos, no se debe (ni se logra) olvidar. Mati, que te vaya bien.

Las canciones que te salvaron la vida

3 jul
“Pero no te olvides de las canciones que te hicieron llorar
y de las canciones que te salvaron la vida. 
Sí. Ya eres mayor 
y eres un cerdo astuto
pero ellas fueron las únicas que estuvieron a tu lado”
The Smiths – Rubber Ring

Creo que el punto cúlmine de todo fanático musical es cuando las canciones empiezan a cobrar significación personal. Creo que aquel momento en donde uno deja de convertir el gusto como un simple acto de consumo y se transforma en algo valioso y biográfico, es lo que le da un carácter más emotivo al acto de ser “fan”. Te involucra y te marca, definiendo para la posteridad tu relación con el autor de dicha obra.

Personalmente, no he pasado buenos tiempos en las últimas semanas. Supongo que los problemas cargados desde hace mucho tiempo unidos a las tristes sorpresas del último mes se confabularon para hacerme caer en una crisis como no tenía hace tiempo. Pero si hay algo que ayuda en esos momentos (lo he aprendido cayendo y cayendo), es sentirse acompañada por alguien que expresa lo que estás sintiendo, lo que quieres escuchar de un amigo y lo canta. Esas son las canciones que te salvan: son como los amigos esos que no ves mucho pero apenas los necesitas, están ahí. Te iluminan una vez, en ese momento crítico, y siempre tienen luz disponible para cuando las vuelvas a necesitar.

La primera que recuerdo, de mi adolescencia, es un clásico hiperutilizado para estos fines terapéuticos: Everybody Hurts, de R.E.M. No fue la primera canción de ellos que escuché pero si la primera que entendí, porque cuando sentí su letra me llegó como una estocada al corazón de niña con tendencia a la melancolía. Stipe la escribió para precisamente esos fines: prevenir que más jóvenes tomaran caminos que conducieran a la muerte, como varios de sus mejores amigos. Y a mi me salvó. Me sigue salvando.

Ahora las cosas son distintas. Uno ya es adulta, debe mantenerse uno misma, ya no puede dejarse caer con tanta facilidad. Y en los inviernos fríos pareciera que el clima va en sincronía con el ánimo, y cuando llueve es aún más notorio. Frente a esto ha vuelto a mi vida una canción preciosa de mi disco favorito solista de Paul McCartney, el Chaos and Creation in The Backyard. Por favor, noten la letra, es maravillosa: como si Macca mismo te estuviese consolando. Too Much Rain.

(active subtitulo si no entiende inglés ;)  )

Lo mejor de las canciones que te salvan la vida es que pueden ser perfectamente canciones que no escucharías en tu cotidianidad, pero aparecen ahí cuando más las necesitas. Como por ejemplo me pasó con Laura Pausini, que casualmente la pillé un día horrible y derrotado en la radio, empezando a sonar apenas prendí mi discman que había quedado en una radio que no escuchaba habitualmente porque la noche anterior había estado haciendo “zapping radial”. Y sonó y sentí como si Dios (o algo parecido) me estuviese hablando por la radio FM. Y me decía algo que era obvio pero yo no lo recordada: Escucha Tu Corazón.

Creo que la gracia estos consuelos es que son inesperados, precisos e indelebles. Nadie espera caer en un hoyo, no es parte de lo que queremos, no es una meta. Sin embargo,  ahí llegamos, y cuando no sabemos qué hacer, viene una canción que por muy cursi y obvia que sea, dice lo que necesitas escuchar. Lo dice una vez, dos veces, las veces que necesites escucharla hasta que hayas comprendido el mensaje, porque vaya que es porfiado el optimismo cuando hemos caído una vez más. Y eso es: escucharla, entenderla y seguir adelante. Como dice Shakira, cuando menos piensas sale el sol. Es tan simple pero pucha que cuesta entenderlo a veces. Pero para eso están ellas. Y siempre estarán.

¿Cuáles son las canciones que te salvaron?

La Eternidad de lo Efímero

13 may

Si digo que duró 30 segundos quizás exagere. Quizás duró 15, quizás un poco más, pero lo cierto es que fue un momento. Un sólo momento en que todo se paralizó, salió desde el subterráneo y, con la ventana abierta, saludó a quienes le esperábamos. El solo ver su rostro alegre y su brazo agitándose, la felicidad inundó mi corazón, comencé a saltar como una niña y a gritar que lo amaba, sin parar. Corrí hacia donde se trasladaba para extender la mano a ver si alcanzaba, mas un policía me frenó. Pero lo saludé, lo vi frente a mí a menos de un metro de distancia, y aunque partió de inmediato, yo sentí que en ese solo momento se encerró la eternidad. Una que duró menos de 30 segundos pero que repetiré en mi cabeza hasta que me muera.

Y me puse a pensar en que la principal característica de la vida grupie es que esos momentos tan efímeros se vuelven leyenda, irrepetibles, inolvidables y eternizables. Se repiten en la cabeza una y otra vez, como una película en cámara lenta en donde cada cuadro es recordado y convertido en un mito de la memoria. El encuentro con Michael Stipe seguro no duró más de un minuto, pero he sido capaz de repetirlo en mi mente miles de veces y hasta de escribir manifiestos con su recuerdo. Y en general, las historias grupies son relatos de escasa duración pero extensa repercusión porque la intensidad de cada segundo vivido supera sustancialmente la media de emociones que tenemos habitualmente por segundo. Son pocos, pero son de pura pasión y emoción.

Esos 30 segundos, por ejemplo, no fueron los segundos de una tarde que perdí en avenida Kennedy pasando frío, ni los de una jornada laboral cortada e improductiva. 3:45 de la tarde, aun sin almorzar y sabiendo que me quedaba una jornada maratónica, y 30 segundos bastaron. Esos fueron los segundos en los que estuve a menos de un metro de un Beatle, mi favorito, el que he amado desde siempre. Los 30 segundos en que me transformé en una de esas niñas que veía en los documentales de 1964, y que siempre había querido ser. Vi a Paul McCartney con mis propios ojos cerca mío y cumplí uno de mis más grandes sueños grupies. Todo en 30 segundos.

Insisto, quizás en la duración estoy exagerando. Pero en la importancia del recuerdo, jamás.  Son cosas banales, efímeras, pero eternas. De una vida entera fantaseándolo y de una vida entera para evocarlo. No hay caso: nunca encontraré forma exacta de valorarlo.

Vidas Paralelas

11 may

¿Les ha pasado que sienten que hay artistas que pareciera que vivieran las mismas cosas que uno y que eso hace que las canciones calcen perfecto en los momentos de la vida propia? Como si fuese un alma gemela en trayectoria paralela, viviendo procesos similares en tiempos contemporáneos, que provee de las canciones perfectas para cada etapa sin querer queriendo. No solo de esas canciones buenas que llenan la satisfacción del gusto, sino que uno las siente casi de forma biográficas. Bueno, eso siento que me pasa con Julieta Venegas.

Hace pocos días tuve la oportunidad de verla en vivo nuevamente después de mucho tiempo y a pesar de que han pasado tantos años y tantas cosas en la vida de ambas, sigo sintiendo que tengo una conexión especial con ella, como esos clásicos engrupimientos de fan obsesionada con las canciones pero de una forma muy bonita y natural.

La conocí, como seguramente muchos en ese entonces la conocieron, porque fue la esposa de Álvaro Henriquez, el vocalista de Los Tres (que en ese entonces era mi banda favorita absoluta). Al comienzo le tenía rabia, porque quien era esa mexicana extraña que se casaba con el vocalista de mi banda regalona, a quien le habia ganado, de donde habia salido. Pero fue cosa de escucharla cantar “Me Van a Matar” de la película Amores Perros y, valga la redundancia, me mató: en ella había esa intensidad, rabia, inseguridad y sentimiento que sobraba en mi alma adolescente. Sonoramente se emparejaba con las solistas femeninas clásicas de la década pero con un fuerte componente latinoamericano al tocar acordeón y cuatro venezolano, detalle que para una amante de bandas como Café Tacuba y Divididos, resultaba irresistible.

Pero lejos lo que más me gustaba de sus canciones era su intensidad de mujer. En discos como Aquí y Bueninvento, Julieta pareciera estar a veces agobiada entre sus ganas de ser algo, de querer y ser querida. Eran exactamente las mismas que yo sentía en la confusión de ser una mujer enamorada pero con ambiciones personales de realización, de estar en donde me sentía cómoda pero a la vez arriesgar en otro lugar y empezar de cero para ser quien quería ser (por favor, escuchen “Otro Sol“). Julieta fue clave en ese proceso tormentoso de empezar a dejar el nido y las ilusiones infantiles para aprender a vivir sola, y sacarme todos los clavos del corazón que dolían tanto. Ella era una musa del rock latinoamericano, La Milagrosa, y calzaba perfecto en toda la música y onda que seguía.

Sin embargo, el cambió sucedió. Con su disco “Sí” cambió de la sección “alternativo” a la sección “pop en español”, y dejó de sonar en la Rock&Pop para entrar de lleno en la FM Dos. Dejó el look oscuro para salir vestida de novia, y todo parecía muy luminoso, pero también muy brusco. Sin embargo, me sentí calzando ahí, porque ese disco llegó justo en una época en que sentía que estaba empezando a sanar heridas para disfrutar cosas que antes me angustiaban, para volver a ser querida (y de todas las formas posibles) y de enmendar errores que había cometido y podían costarme muy caro. Y extrañamente, por brusco e inesperado que sonara, sentí que yo también había suavizado e iluminado mi imagen como Julieta. Sus canciones expresaban exactamente lo que sentía, tal cual habiamos estado conectadas en la vereda opuesta no hace mucho tiempo. Y fue ahí que sentí que esta mujer no era una simple proveedora de canciones: yo la sentía conectada a mí, en una ruta paralela, en una hermandad imaginaria de músico-fan.

Defenderla de quienes la acusaban de “vendida” era casi como una defensa propia a mi derecho natural de cambiar con la edad. Y si bien extrañaba verla en espacios más pequeños y sin tanta gente, también me daba cierto orgullo y “chochera” sentir que tantos se hacian sus fans y coreaban sus canciones con tanto entusiasmo como yo. Claro, dentro del círculo alternativo cerrado ser fan de Julieta se volvió algo mal visto, pero qué importaba: de verdad yo sentía que hablaba por mi en muchos procesos de la vida, y eso me bastaba. Es más, desde “Bueinvento” hasta “Otra Cosa” puedo explicar toda mi metamorfosis como mujer. El tener discos que me expliquen es sencillamente maravilloso.

Por eso, cuando tuve la oportunidad de conocerla (obviamente, una vez la “grupié”) sólo quería decirle: “Julieta: si mi vida fuera una película, tú harías el soundtrack”. Y ella sonrió con ternura y me dio un tímido abrazo. Y es que realmente si fuese productora de mi propio filme, la contrataría. No sé si es la alucinación del fanatismo o algo similar, pero que me importa: es realmente maravilloso tener un espejo musical en el que apoyarse y saber que siempre hablará por ti. Supongo que esa es la gracia de ser fan musical. =)

FotherMuckienta

25 abr

Soy una entusiasta de la música chilena y siempre la he disfrutado con un furor igual o mayor que la música internacional. Sospecho que al ser nacida y criada en una ciudad tan lejana a todo como Arica, sentí que todos mis ídolos eran igual de inalcanzables, hubiesen nacido en Estados Unidos, Inglaterra o en Chile, y la radio y la televisión parecían aparatos mágicos que traían una realidad lejana de música y canciones que me fascinaba. Crecí con esa fascinación.

Por eso, cuando me vine a vivir a la zona central y tuve acceso a música en vivo, mi entusiasmo era (y es aún, sospecho) desbordante. Y cuando creo perderlo, vuelve en gloria y majestad de la mano de buenas canciones. Algo así me pasó con los Fother Muckers, que deben ser la última banda chilena de la que he estado realmente pegada. Son lo que más he escuchado en los últimos meses y mi último vicio para ir a ver en vivo, y eso que llevo sólo un año desde que los vi en vivo por primera vez, y  ya puedo contar la proeza de haber salido en uno de sus video clips.

Lo lindo es que todo pasó por ser fan. Empezó una noche en que, pese a no tener nadie que me acompañara, me aventuré en ir a una tocata sola (algo usual en mis comienzos, pero extraño a estas alturas). Era una sala de ensayo, tuve que esperar mucho para que comenzara todo. Por algún momento me pregunté en qué momento había vuelto a esto de sacrificar tiempos muertos para ver bandas en vivo, pero hoy creo que todos los que fuimos a esa tocata agradecemos haberlo hecho. Uno de los fans asistentes, Michel Mora, estaba a unos metros míos más adelante. Ambos escuchamos cuando Cristóbal Briceño, el vocalista de la banda preguntó si alguien sabía de algún garaje o galpón para grabar el nuevo video clip, y que estaban buscando también parejas de baile para que participaran. Su amigo lo indicó con el dedo señalando que él tenía un espacio que podía servir, y yo me dije inmediatamente “quiero participar de eso”.

Efectivamente, semanas después avisaron vía Facebook que necesitarían las parejas para tal día y que había que inscribirse. Por el lugar elegido como locación, sospeché que el muchacho fan había prestado finalmente el mencionado galpón. No me equivoqué, era el flamante co-productor del video. Por mi parte, convencí a un amigo que seria divertido participar, y a pesar de que la fecha y hora eran inmediatamente después de tres noches de parranda rock veraniega (que se notaban por mis ojeras y mi escasa voz) fui con mi mejor disposición. Tenía experiencia en grabaciones pero siempre en labores detrás de cámara, y  a excepción de que había que bailar, no tenía mayor información que mi entusiasmo. Pero a veces eso basta para hacer cosas que en la distancia de fan como la que crecí serían sueños irrealizables, y que como melómana son experiencias de vida realmente fanstásticas.

Porque luego de bailar horas y horas vestida con chaqueta de jeans en medio de un calor sofocante, de pegarse varias veces con la cámara panorámica por ser demasiado alta y de perderle el miedo al ridículo en pro de un bonito trabajo audiovisual, el pago fue en dos de las cosas que más me gustan en la vida: completos (de almuerzo) y una tocata con temas que los fans participantes pedíamos realizada después de la grabación, como agradecimiento final. La experiencia ya de ver cómo se hacen las cosas “por dentro” de las bandas que a uno le gustan para mi ya era fascinante, pero el tener la oportunidad de verlos cantando “a la carta” y más encima quedar inmortalizada en el video de una canción que me gusta tanto, de un disco que me gusta tanto y de una banda que me gusta tanto, simplemente hizo que todo el cansancio que sentí después valiera la pena. De esas cosas inimaginables cuando se estaba lejos, y ahora era real. Y más encima con mi comida favorita. Bacan =)

Al final, el video quedó precioso y Michel, el chico que prestó el galpón, pasó de ser el “fan con el dato” a convertirse en el roadie de la banda. Varios de los muchachos que nos conocimos ese día nos mantenemos en contacto a través de las redes sociales y bromeamos en las tocatas donde nos encontramos que en 20 años tendremos que hacer reunión de “Generación Rondizzoni”. No me extrañaría, y me daría mucho gusto. Sospecho que todas estas aventuras de fan las atesoraré aún más cuando tenga más edad. Sospecho que por eso también las vivo.

Hoy los Fother Muckers ya no van más. Pero como todo final en la vida es sólo un comienzo más, habrá que darle la bienvenida a los Ases Falsos, su “nuevo” nombre. Las razones y estrategias detrás de esto en realidad no las comprendo, pero las bandas de rock son como las mujeres, no hay que entenderlas sino solo quererlas. Total, la vida sin tener “locuras” por la música no sería mi vida, y el entusiasmo siempre va a estar. Mientras hayan canciones que ame, siempre va a estar.

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